miércoles, 21 de septiembre de 2011

Entre lo correcto, lo fácil y lo cómodo

Nunca he entendido por qué, en el metro,  la gente se mete a los vagones que van más llenos (los de en medio) pudiendo caminar un poco más a los primeros o los últimos que generalmente van más vacíos. No se trata ya a estas alturas de encontrar lugar sino de viajar cómodo. Libre de apretones y con  gente horrible y gente apestosa


Nunca he entendido por qué la gente es masoquista con asuntos tan sencillos como comprar boletos en el metro. Están acostumbrados a comprar UN solo boleto y hacen una cola como de 20 personas CADA DÍA, A CADA RATO para tal. ¿Por qué no comprar de varios de una sola vez? ¿Por qué? Tan sencillo que es comprar de a varios, ¡por lo menos dos! Que al final, toma la misma cantidad de tiempo y se evitan así filas enormes, pérdida de tiempo y agotamiento. Aplica para el metrobús también.


Nunca he entendido a aquellos ciclistas que consideran más fácil ir por el lado del ciclocarril donde están que por el que es correcto, estorbando, pitando( claoneando, ringrineando o cómo se diga) y desesperando aunque sepan que son ellos los que van en sentido contrario y que está mal. O aquellos que van por la banqueta, ringrineando también como si de ellos fuera. ¡La banqueta es de los peatones!


Nunca he entendido a aquellos peatones super maleducados que se cruzan por donde no se debe o que caminan por el ciclocarril y se enojan cuando los ringrineas como si la culpa fuera de uno.


Nunca he entendido a aquellos tipos horribles que van del lado de las mujeres en el metrobús y se hacen los dormidos cuando una mujer les reclama. Aunque tampoco entiendo por qué, después de muchos años sigue habiendo esa división. O en el metro. O los RTPs exclusivos de mujeres; sinónimo de que la lucha por la equidad de género no ha servido de nada.


Nunca he entendido a la gente que hace lo incorrecto porque es más fácil o lo más fácil aunque no sea lo más cómodo.

 

 

 

martes, 19 de abril de 2011

Post visceral y críptico sobre herencia musical, llanto y así.

No he llorado una lágrima por alguien cuando termino una relación desde que tenía 18 años y a esa edad era yo un tonto y sentimental y tonto e inmaduro y tonto que se enamoraba cuando alguien cruzaba la mirada conmigo y lloraba cuando ya no. Aprendí que llorar por una relación terminada es de lo más estúpido. Duele pero llorar no sirve de nada -como llorar por cualquier cosa, casi-. Y eso que soy muy llorón. Lloro cuando algo me atormenta, me estresa y me oprime. Lloro cuando sé que no puedo más y estoy harto o frustrado.Y cuando lloro me siento mejor.

Por una relación terminada no lo hago porque duele. Y duele y duele más. Y lo sabemos; o lo sé, O no sé. Me pasa que se vuelve un círculo vicioso. Y si lloras te sigue doliendo, te sientes tranquilo un rato pero duele. Aprendí a ser muy estoico... o insensible, no lo sé pero no lo hago.

Tengo una forma muy rara de acordarme y olvidar a una persona a la vez: heredo su musica. Esa música que a la otra persona le gustaba, ahora me gusta, ahora la escucho y recuerdo bonitos momentos -aunque estos no estén relacionados con alguna canción especificamente- y aprendo a sanar la herida al mismo tiempo; para que no duela después y todo sea como si nada hubiera pasado. Duele al principio pero es cosa de acostumbrarme, nada más.

Fui así como amé a Radiohead, a Coldplay, a Jason Mraz, a Nirvana, a Regina Spektor, a Interpol y muchos más. Al principio me dolía escucharlos y ahora se me hace de lo más normal. Así cuando escucho una canción no tengo que decir que "esa era mi canción con X" sino disfrutarla y ya. Tal vez es como un tipo de terapia de exposición, o masoquismo. Quién sabe.

Ahora... todo se resume a ahora: suelo escuchar a muchas bandas que no "son mías". Y empiezan a gustarme pero no quiero. No quiero que me gusten, no quiero olvidar, no quiero sanar, no quiero que formen parte de mi playlist algún día y ya así sepa que se acabó, quiero que me duelan siempre, o al menos cuanto esté dispuesto a soportar. Quiero que eso bonito que siento al escucharlas no se vaya desapareciendo, no quiero que desaparezca, no quiero que no quiera, no quiero que no me quieras.



Hoy... después de muchos años, de no hacerlo por una relación que termina, bien hace falta decir que esta vez sí quiero llorar.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Capacidad de asombro

Varias varias varias veces he platicado de cómo yo soy una persona que casi nunca está conforme, con nada. Una de ellas y la que, probablemente, me ha causado más conflicto -conmigo mismo- es la de no poder estar en un solo lugar por mucho tiempo porque me aburro.

A veces pienso que fui un niño hiperactivo y nadie lo notó, claro que no culpo a nadie y me tiro al piso para que me levaten, sólo comento. Y tampoco lo digo con afán de sentirme importante, especial o algo así, sino que siempre tuve imaginación en exceso. Desde niño y hasta hace algunos años siempre estuve creando una historia recurrente que se permeaba de mis vivencias, de lo que veía, sentía o decía. Se hacía más grande cada vez que podría caber en varios libros. Ésta era mi pasatiembo favorito de cuando no hacía nada, era lo único que me podía tenr quieto y durante horas le agregaba más "capítulos" a dicha historia. Pero contarla ahora no es prioridad, el asunto es otro. También he sido muy inquieto, incluso con cosas tan sencillas como el no poder pasar más de 10 minutos sentado en la misma posición. No entiendo cómo algunos se sientan y pueden pasar las horas ahí sin sentirse incómodos en absoluto. Para dormir doy muchas vueltas para acomodarme antes de que el sueño me venza; algunos de pronto llegan a LA posición y así se quedan, así se duermen ¡y así despiertan!. Al esperar a alguien no puedo estar sin caminar, sin moverme, sin hacer algo que me distraiga. De repente me molesta no sentirme a gusto en algo, por sencillo que sea, como eso que cuento. O más "grande" como esto que sigue:

Los lugares en donde vivo, ya lo había dicho alguna vez en otro post, me llegan a aburrir cuando siento que ya no tienen nada que ofrecerme y decido abandonarlos, decido empezar de nuevo y descubrir. Porque amo descubrir, me encanta asombrarme, me fascina conocer. Me gusta cambiar lo nuevo por lo viejo. Me gusta setirme nuevo, me gusta la sensación que te da el sentirte como el chico nuevo de la clase, el chico nuevo del trabajo, el chico nuevo de la colonia, el chico nuevo de loquesea.

Será, muy seguramente, egocéntrico de mi parte pero así es. Tal vez, después de todo sí me gusta llamar la atención. Y eso es un gran problema.

Tambien he sido siempre aquél al que no le gusta regresar sobre sus pasos. Y no es porque tenga miedo a ser secuestrado, que muchos me han dicho. Sino porque tengo miedo a permanecer y volverme rutinario y aburrirme y amargarme y querer huir.

Ahora, después de mucho, con el paso de los años, tal vez, o con la experiencia he aprendido a valorar la capacidad de asombro que es lo único que puede hacerme sentir diferente, contento y a gusto. A veces, no necesito de grandes cosas ni grandes cambios para ser feliz sino pequeños detalles que me hagan estar bien. En esta ciudad, por ejemplo, no dejo de maravillarme día a día con el más mínimo detalle hasta con el más grande o majestuoso. No es que en otros lados no logre sorprenderme, tal vez es que en otros lados no aprendí a verlo. La capacidad de asombro me ha vuelto alguien que ya no se preocupa por querer huir, sino en alguien que se preocupa en qué más puede aprender, en qué más puede descubrir.  Ahora sé que estoy en el lugar correcto, en el que siempre quise estar y no es en el lugar geográfico al que me refiero sino al emocional o psicológico. A veces pienso que esa es la clave para sentirse y estar bien.

Frecuentemente si tengo que caminar una ruta que ya conozco camino por otra calle sólo para conocer. Prefiero malo por conocer que bueno por conocido porque le temo a la rutina. Me da miedo ser absorbido y convertirme en un zombie de la ciudad como muchos otros que ya no viven, que ya no son y que sólo están.


miércoles, 16 de marzo de 2011

De ser puntual

Hoy descubrí que a la gente puntual le va mejor. Le va mejor en muchos aspectos obvios que el llegar temprano implica, pero hoy descubrí uno que ignoraba y que puede hacer la vida más feliz, emocionante y divertida. Bueno no tanto así, pero sí la mejora: descubrí que es más bonito viajar temprano en el metro que cuando ya a todo mundo se le hace tarde.

Cuando viajas temprano, viajas con gente limpia que tuvo el tiempo de bañarse, de cambiarse, perfumarse sutilmente y todo eso. Viajas con gente contenta que sabe que llegará temprano al trabajo/escuela a pesar que el tren se vaya deteniendo entre estaciones porque tiene el tiempo suficiente. La gente te saluda, no te empuja, ¡¡hay espacio!! la gente amablemente te pide, y da, permiso para salir cuando se llega al destino y muchas otras bondades que el despertarse un poco antes, aunque parezca imposible que así sea, te brinda.

Cuando viajas tarde, viajas con gente horrible que te empuja, se enoja, te grita. Gente que corre, gente desesperada y gente apestosa que no tuvo tiempo de bañarse y groseramente se perfuman como si los demás tuvieramos la culpa de su falta de organización. Y que, aparte, corrieron como locos y muchas veces a tan "bajas horas del día" ya están todos sudados .No todos van así, aclaro. Pero sí una gran mayoría y me sorprende el cambio que produce en una misma estación cuando sales una hora antes al trabajo que si sales media hora después.

Nunca he llegado tarde al trabajo, sí "a tiempo". Pero nunca se me había hecho "tan temprano" como hoy y descubrí que si de repente nos quitamos la flojera, la desidia de levantarnos y hasta nos dormimos un poco antes de lo habitual podemos disfrutar más el viaje de ida al trabajo/escuela y no amargarnos desde tan temprano. Que a muchos, buena falta nos hace.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Sueños y pesadillas ambulantes.

El sábado, creí que sería buena idea viajar aunque estuviera muriéndome del malestar: cuerpo cortado, garganta inflamada, tos y, aparte, fiebre a la hora que ya venía en pleno camino.

Cuando me subí al autobús me costó un poco de trabajo conciliar sueño (aunque en la sala de espera de la terminal yo estaba que ya quería subirme porque me pesaban los ojos) sobre todo porque un argentino machista, sentado a mi lado, no dejaba de hablar y hablar por teléfono. Me incomodaba -un poco- su acento. Su conversación. Su volumen, su altanería porque varias veces fue callado y al boludo le valió y su cercanía. Colgó hasta que se le "acabó" la señal y/o el T/A y todos fuimos felices.

Bueno, cuando por fin pude dormir tuve un sueño horrible muy horrible: De repente iba yo caminando en alguna amplia avenida que no reconocía pero que, por algún extraño motivo, me era muy familiar y me traía bonitos recuerdos. Y de repente, empezó a temblar. Y como, tal vez, algunos de ustedes saben: soy tremofóbico. Todo estaba bien, pues estaba alejado de cosas que me pudieran caer. Hasta que el temblor era más fuerte y la tierra se empezaba a abrir, los edificios de alrededor empezaban a derrumbarse y la gente corría, gritaba y empujaba.


No sé cómo pasó, pero seguro tiene que ver con Inception de que nunca entendí bien el final, y que me dejó bien traumado y marcó bastantes de mis sueños posteriores, pero en algún momento me dí cuenta que estaba soñando y que sólo bastaba con despertar y ya; salí de ese sueño y me encontraba en mi cama y, efectivamente, estaba temblando pero yo no me podía despertar -como cuando se te sube el muerto-. Y empecé a estresarme, alterarme, acobardarme y todo.

Otro poco y seguro me hubiera dado un infarto. Desperté y me di cuenta que sólo iba en el autobús y por eso todo se movía y que no había ningún temblor y que era yo un mariquita. Estaba sudando y me costaba trabajo respirar. Al principio creí que era porque me había alterado en el sueño pero luego descubrí que tenía fiebre y que mi garganta se estaba cerrando por la inflamación. Y ahí, en pleno viaje, a la mitad, ni cómo ni dónde ir al doctor, ni qué hacer.

Me paniqueé mucho y no quería dormir porque creía que en algún momento del sueño mi garganta se iba a cerrar por completo y yo no tenía ni un bolígrafo a la mano para dárselo al argentino que estaba a mi lado para que me hiciera una traqueotomía si fuese necesario; dudé en si sería buena idea y gritar preguntar si había un médico "a bordo" para saber a dónde correr en el caso de que empezara a perder la respiración. Imaginé claramente, las miles de formas en que le decía al chofer que necesitaba un médico urgente; desde la más sutíl: "-oiga, me estoy sientiendo muy mal y creo necesitar un médico", hasta la más alarmante: "¡auxilio, no puedo respirar!" e imaginé, tambien, los miles de escenarios posibles como llegar hasta una caseta de cobro y que seguramente ahí habría servicio médico. Otro de desviarse y meterse en un poblado situado entre la frontera de los estados de Puebla y Oaxaca y pasar la noche en un petate con una compresa en la frente mientras un chamán hablaba algo que yo no entendía y olía a copal por todos lados. O que algún helicóptero iría por mí y me llevaría de vuelta al DF en cuestión de muy rápido.

Desperté. Efectivamente estaba soñando de nuevo y mi garganta sí estaba muy inflamada y sí tenía fiebre. Y sí, estaba a medio viaje. En -casi- ese momento el autobús se detuvo en una caseta de cobro y dijo que teníamos 5 minutos para bajar y/o salir a comprar algo. Mi corazón latía rápido, sabía que era la ÚNICA oportunidad que posdría salvar mi vida, ésa de buscar un médico, un chamán, medicina o algo. Y entonces le pedí permiso al argentino y bajé corriendo. Lo único que conseguí con eso fue que, como díce mi mamá: "me entrara un aire". Y me empezó a doler mucho mi oído derecho. Ya más sereno, en el baño, supe que estaba exagerando, que el (los) sueños previos son los que me habían puesto así. Que nadie se ha muerto de garganta inflamada (¿verdad?), que de fiebre tal vez, pero sólo faltaban dos horas para llegar a Oaxaca y que la hipocondria se me había trepado y que por eso me puse así y que debía calmarme.

Intenté dormirme de nuevo pero el dolor de oídome recordó que mi exageración se pagó cara. Y no me dejó y sólo iba viendo por la ventana tratando de distraerme; cerraba los ojos tratando de "programarme" para un sueño específico y no lo logré. Entonces, decidí que fue, por mucho, el peor viaje de la historia.