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lunes, 20 de diciembre de 2010

Sueños y pesadillas ambulantes.

El sábado, creí que sería buena idea viajar aunque estuviera muriéndome del malestar: cuerpo cortado, garganta inflamada, tos y, aparte, fiebre a la hora que ya venía en pleno camino.

Cuando me subí al autobús me costó un poco de trabajo conciliar sueño (aunque en la sala de espera de la terminal yo estaba que ya quería subirme porque me pesaban los ojos) sobre todo porque un argentino machista, sentado a mi lado, no dejaba de hablar y hablar por teléfono. Me incomodaba -un poco- su acento. Su conversación. Su volumen, su altanería porque varias veces fue callado y al boludo le valió y su cercanía. Colgó hasta que se le "acabó" la señal y/o el T/A y todos fuimos felices.

Bueno, cuando por fin pude dormir tuve un sueño horrible muy horrible: De repente iba yo caminando en alguna amplia avenida que no reconocía pero que, por algún extraño motivo, me era muy familiar y me traía bonitos recuerdos. Y de repente, empezó a temblar. Y como, tal vez, algunos de ustedes saben: soy tremofóbico. Todo estaba bien, pues estaba alejado de cosas que me pudieran caer. Hasta que el temblor era más fuerte y la tierra se empezaba a abrir, los edificios de alrededor empezaban a derrumbarse y la gente corría, gritaba y empujaba.


No sé cómo pasó, pero seguro tiene que ver con Inception de que nunca entendí bien el final, y que me dejó bien traumado y marcó bastantes de mis sueños posteriores, pero en algún momento me dí cuenta que estaba soñando y que sólo bastaba con despertar y ya; salí de ese sueño y me encontraba en mi cama y, efectivamente, estaba temblando pero yo no me podía despertar -como cuando se te sube el muerto-. Y empecé a estresarme, alterarme, acobardarme y todo.

Otro poco y seguro me hubiera dado un infarto. Desperté y me di cuenta que sólo iba en el autobús y por eso todo se movía y que no había ningún temblor y que era yo un mariquita. Estaba sudando y me costaba trabajo respirar. Al principio creí que era porque me había alterado en el sueño pero luego descubrí que tenía fiebre y que mi garganta se estaba cerrando por la inflamación. Y ahí, en pleno viaje, a la mitad, ni cómo ni dónde ir al doctor, ni qué hacer.

Me paniqueé mucho y no quería dormir porque creía que en algún momento del sueño mi garganta se iba a cerrar por completo y yo no tenía ni un bolígrafo a la mano para dárselo al argentino que estaba a mi lado para que me hiciera una traqueotomía si fuese necesario; dudé en si sería buena idea y gritar preguntar si había un médico "a bordo" para saber a dónde correr en el caso de que empezara a perder la respiración. Imaginé claramente, las miles de formas en que le decía al chofer que necesitaba un médico urgente; desde la más sutíl: "-oiga, me estoy sientiendo muy mal y creo necesitar un médico", hasta la más alarmante: "¡auxilio, no puedo respirar!" e imaginé, tambien, los miles de escenarios posibles como llegar hasta una caseta de cobro y que seguramente ahí habría servicio médico. Otro de desviarse y meterse en un poblado situado entre la frontera de los estados de Puebla y Oaxaca y pasar la noche en un petate con una compresa en la frente mientras un chamán hablaba algo que yo no entendía y olía a copal por todos lados. O que algún helicóptero iría por mí y me llevaría de vuelta al DF en cuestión de muy rápido.

Desperté. Efectivamente estaba soñando de nuevo y mi garganta sí estaba muy inflamada y sí tenía fiebre. Y sí, estaba a medio viaje. En -casi- ese momento el autobús se detuvo en una caseta de cobro y dijo que teníamos 5 minutos para bajar y/o salir a comprar algo. Mi corazón latía rápido, sabía que era la ÚNICA oportunidad que posdría salvar mi vida, ésa de buscar un médico, un chamán, medicina o algo. Y entonces le pedí permiso al argentino y bajé corriendo. Lo único que conseguí con eso fue que, como díce mi mamá: "me entrara un aire". Y me empezó a doler mucho mi oído derecho. Ya más sereno, en el baño, supe que estaba exagerando, que el (los) sueños previos son los que me habían puesto así. Que nadie se ha muerto de garganta inflamada (¿verdad?), que de fiebre tal vez, pero sólo faltaban dos horas para llegar a Oaxaca y que la hipocondria se me había trepado y que por eso me puse así y que debía calmarme.

Intenté dormirme de nuevo pero el dolor de oídome recordó que mi exageración se pagó cara. Y no me dejó y sólo iba viendo por la ventana tratando de distraerme; cerraba los ojos tratando de "programarme" para un sueño específico y no lo logré. Entonces, decidí que fue, por mucho, el peor viaje de la historia.

lunes, 1 de marzo de 2010

El metro, el chicano y los prejuicios.

De camino a la terminal me encontré a un un chicano que andaba perdido en el DF. Cuando se acercó a mí pensé que era un vendedor del disco en formato mp3 que le contiene todas las canciones de moda para la fiesta a sólo diez pesito, pero no. Me dijo que quería llegar a la Central del norte y que estaba "un poco" perdido. Lo noté desde que dijo que quería la central del norte y viajaba de poniente a oriente. O al revés. No sé; le expliqué cómo llegar, saqué mi mapa del metro y le mostré dónde estábamos, adónde iba y dónde NO era el norte. No entendió.

Como buen samaritano que soy le ofrecí llevarlo. Pues aparte yo podría tomar mi autobús en esa central aunque tardara más tiempo. Todo con tal de ayudar. Aunque la mera verdad, él estaba guapo y fue más por eso, jijiji.

De donde estábamos hasta Pantitlán no hablamos mucho. Cada quien veía hacia un lado de la puerta y eventualmente comentábamos cosas triviales y aleatorias como el clima, los vendedores, las estaciones, el DF y la hora.

En Pantitlán, como es un largo trayecto para transbordar, comenzamos a intimar. Erick se llama, nacido en Estados Unidos, de papás mexicanos, que vivió dos años en el DF y cosas varias que no recuerdo porque me concentraba en sus ojos los letreros para no perdernos. Cuando fue mi turno de decirle mi nombre, origen y todo eso, me tomé mucho tiempo, pues explicar esto es difícil. Ya sentados en el vagón rumbo a la Central del norte él dijo: "¡Oh! ¡Oaxaca! Dicen que es muy bonito, que hay mucha vegetación, que su gente es muy amable, la comida muy rica" Y remató diciendo "Son bonitos los pueblitos, quisiera conocer Oaxaca".

En ese momento me puse verde y le dije: "eres un pinche chicano pendejo y prejuicioso, ¡Ya regrésate a gringolandia! ¡Oaxaca es más que un simple pueblito!". Lo empujé y le grité en su cara, haciendo ademanes de afroamericano de Brooklyn: "what's wrong with you? dude" y lo aventé a las vías cuando el tren estaba en movimiento. Murió.

En realidad toda esa escena fue imaginada. Lo único que hice fue reir de manera falsa y asentir con la cabeza mientras seguía viendo sus ojos. La plática continuó normalmente, o casi, porque sentí mucha pena de su forma de pensar y lo seguí comprobando mientras hablaba de Tijuana, del DF y varias ciudades más que en su corta estancia conoció.

Cuando un vendedor de tortas, sandwiches, hamburguesas y marinas pasó, él compró una hamburguesa. Y le dije: "no te cansas de comer siempre lo mismo" a lo que él dijo: "casi nunca como hamburguesas, tal vez sea ese cliché de los gringos y que creen que todos los chicanos queremos imitar". Y de broma le dije: "¿entonces tú no eres hip-hopero y todo eso?". Lo sentí más serio y me dijo: "sólo son prejuicios".

No pude evitar soltar la carcajada y sentirme mal al mismo tiempo. Juro que se puede eso. Una por escuchar la palabra prejuicio de boca de un prejuicioso y dos por que en ese momento estaba siendo yo igual o peor que él. Y no sólo desde ese instante sino desde que se situó junto a mí y supuse que era un vendedor solamente por su aspecto de reggaetonero (¡ven!).

Erick y yo no somos tan distintos después de todo. Si prejuzgamos es por ignorancia como todos los que lo hacen. Los prejuicios dicen mucho de uno. Demuestran lo ignorante que eres con respecto a algo.

Aunque es cierto lo que una vez nos dijo Tumeromole a Fayer, Ciervo y a mí: "Si a las mujeres les dicen pendejas, es por algo. Si a algunos homosexuales les dicen putos o jotos, también es por algo." Y sí, es totalmente cierto y no se pongan espesos porque yo apoyo eso. Los prejuicios existen por algo. Pero de ahí a seguirlos usando como única fuente de información sobre tal o cual cosa es muy diferente.

Le pedí disculpas y él a mí. Llegamos a la terminal. Compró su boleto a Tijuana y cuando yo fui a comprar el mío él se fue a la cafetería y regresó con dos frappés y dos brownies. Me dio uno y uno y me dijo: "ten, para el viaje, dude, por lo menos el tuyo no es de dos días como el mío" y nos despedimos con un efusivo abrazo.



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Historias como ésta pero no tan aburridas, no como ésta, fotografías y más, próximamente en Gente del Metro.

domingo, 31 de enero de 2010

De fauna urbana y pérdidas estúpidas.

Una vez mencioné que en la Ciudad de México no me pierdo tan fácilmente como en otro lugares. No muchos, pues me jacto de mi buen sentido de la ubicación; el DF a diferencia de otras ciudades tiene algo que sirve como una gran guía: el Metro.

Las veces que me he perdido, evito caer en pánico y desesperación extrema pues no sirve de nada; tomo en ese instante cualquier camión, micro, combi o ya como última opción un taxi que me lleve a la estación de metro más cercana y ya ahí pues es fácil; tambien pregunto.

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El miércoles, llegando a la Ciudad me dirigí al metroazul siguiendo las indicaciones que mi primo me dio para llegar a su casa. Hasta ahí, todo sin complicaciones. Pero después, por tonto y por no escribir de más sólo tomé nota de algunas palabras clave como nombres de calles, señas y lateralidad; tomé la calle equivocada a la que debía, caminé mucho y me perdí. Regresé sobre el mismo lugar y caminé hacia la otra posible ruta y tampoco llegué al paradero de micros que debía. Volví a hacer lo mismo.

Regresé de nuevo, y al pasar por la Calzada de Tlalpan (famosa por lo que a continuación cuento y por su gran número de moteles) una mujer (entre comillas) de la vida galante me dijo que si tenía "lumbre" para prender su cigarro. Como yo soy todo un caballero y un ser inocente de los peligros nocturnos le dije que sí y saqué el encendedor. Cuando le acerqué el fuego y "ella" (noten las comillas nuevamente) prendía su tabaco, sin darme cuenta y agarrándome (literal) desprevenido, osó manosearme. ¡Paquetearme! y atreverse a decirme todavía que cobraba sólo 150 pesos (pensaba que eran más caras, pero creo que es la crisis). Obviamente me congelé y me asusté y me alejé de ahí lo más rápido que pude, y como decía la Chilindrina y Chabelo: se lo conté a quien más confianza le tengo: a mi blog. Y ya.


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En realidad este post no tiene gran importancia (como el que le sigue) pero quería contarles cómo me manosearon por andar a altas horas de la noche en esos lares, por perderme, por no anotar bien las direcciones, por alardear siempre de no perderme en el DF, por mamón.

Ora búrlense.

lunes, 25 de enero de 2010

Momentos de tranquilidad.

No sé si a ustedes les pase, pero para mí existen diversas situaciones o momentos de la vida que por muy nimios que sean me provocan una gran sonrisa y me dan una paz interior tan grande que quisiera que al morir se sintiera eso.

1. En las vacaciones, fui con un primo y mi hermana a una laguna muy bella, en la costa oaxaqueña que se llama "La laguna de manialtepec". Cerca de Puerto Escondido; ahí rentamos una pequeña canoa. Remamos un poco para alejarnos de la orilla y en un momento, un pequeño instante como de 30 segundos, cuando nos callamos, cuando la corriente se calmó también, sentí una tranquilidad inmensa que hasta sentía mi corazón latir más lento. Todo se conjugó de una manera insuperable: el reflejo perfecto sobre el agua: los manglares, el cielo, la isla; como un gran espejo, los patos que nadaban a lo lejos y el brillo del sol sobre el agua. Todo esto fue interrumpido por reggaetón que empezó a sonar a la distancia en alguna fiesta en una palapa en la playa de la laguna seguramente y pot un lagarto que nadó cerca de nosotros. Pero lo poco que duró ese momento de paz fue increíble.

2. Hoy, mientras venía de Cholula, de ver a Gus, sobre la carretera cuando íbamos en el auto de regreso a Puebla me dijo: "mira ése de enfrente es el Pico de Orizaba". Al principio no le creí ¡pero sí era! Nunca había visto, desde Puebla (ciudad) el Pico de Orizaba, sólo en el trayecto a Oaxaca. De pronto volteé a mi derecha y vi La Malinche (un volcán de Tlaxcala). Y volteé hacia atrás y vi el Popocatépetl con una linda fumarola y el Iztaccíhuatl; tan imponentes ellos. Ese momento, en el que desde un punto podía ver los cuatro volcanes con sólo cambiar la mirada me arrancó una gran sonrisa y me emocioné mucho al grado de sentir una paz como la del punto anterior. Lo sé, es una tontería, pero eso me alegró mucho que hasta lo tuiteé, pero Twitter no lo publicó; de por sí, desde siempre cuando venía a Puebla de vacaciones me emocionaba ver el Popo a lo lejos (y tan cerca a la vez, no como en el DF porque no se ve tan grande desde ahí) hoy fue como: GRAN-DIO-SO.

Y bueno, como éstos, muchas veces me ha pasado que por cosas tan insignificantes yo logre ser feliz por un momento y sentir mucha paz. Existen otras cosas que no me causan tan grande el sentimiento pero sí se acercan mucho. Como cuando experimento una combinación nueva de sabores agradable al paladar, poderme comunicar y/o escuchar hablar a alguien (y entender) una lengua que estoy aprendiendo, tomar té de hierbabuena con leche y muchas más.

Y ustedes ¿han tenido momentos de ésos en que tonterías, que al final no lo son tanto les causen tranquilidad o les arranquen una sonrisa inexplicable? Cuenten.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Paella de hipocresía

Cuando yo era un niño mocoso, inocente e imberbe fui obligado a ir a clases de catecismo para hacer mi primera comunión. Desde que soy muy pequeño he sido como alérgico a cualquier cosa que tenga que ver con la religión -cualquiera que esta sea-, entonces eso era todo un martirio para mí. Estoy seguro que cuando me bautizaron lloré pero porque el agua bendita me quemaba y no por alguna otra causa.

Bueno, pues las clases de catecismo eran de los más aburrido que podía haber. Sobre todo para un niño que podía disfrutar de otras cosas más maravillosas. Como jugar con sus playmobile, ver el canal cinco y videojugar horas y horas hasta que me sangraran los ojos o salieran ampollas en los dedos.

De vez en cuando, con pasajes biblícos, el catequista nos quería enseñar cosas de la vida real, pero yo era bien tonto y pues como que no le entendía si no me lo explicaba con un caso real. Uno no documentado en ese librito de antaño pues.

En una ocasión, en el salón de clases escuché que una niña le dijo a otro niño: "eres un hipócrita". Esas palabras retumbaron en mis oídos por mucho tiempo. Yo no sabía lo que eso significaba. Tal vez era la grosería más grande que alguien podía merecerse. Hipócrita suena bien fuerte goeee. Me daba miedo si quiera repetirla.

Como el catequista me caía bien, independientemente de lo aburrido de sus pláticas, se me ocurrió preguntarle que qué quería decir tan horrorosa palabra. Él, como era su costumbre, me explicó con un pasaje bíblico acerca de noséquién que hizo noséquécosa y blablablá: no entendí.

Supe entonces que hipócrita no era una grosería, pero no sabía todavía el significado. Pude vivir con ello.

Recuerdo que uno de los trabajos finales que nos dejaron, ya casi para hacer la primera comunión (¿Quién deja trabajos finales en clases de catecismo?) era pedirle a nuestra mamá que nos hiciera un bolsita roja de tela en donde guardaríamos un arroz cada vez que hiciéramos algo bueno.

Pues mi mamá me hizo mi bolsita roja en donde deposité un arroz por cada buena obra que hacía y al cabo de un mes, cuando había que entregarle al padre nuestra bolsita con las buenas obras, entregué mis 15 arroces. No creí que fuera malo, una buena obra cada dos días no estaba tan mal ¿no? El padre vio mi bolsita e hizo esta cara: "¬¬". Entregué los demás trabajos y ya.

Cuando fue el turno de Juanito, el niño que a todos caía mal porque era malo con nosotros y exageradamente bueno con los catequistas y el padre, entregó una bolsota como con medio kilo de arroz. MEDIO KILO DE ARROZ, el padre sonrió y le dio una palmadita en la espalda.

O seeeea. En medio kilogramo de arroz hay como 14, 567 granos (Si no me creen, cuéntelos). Es decir que este niño hizo como 485 obras buenas por día. ¿Quién que no sea la madre Teresa de Calcuta, el Papa Juan Pablo II y/o Gandhi hace 485 obras buenas por día? ¡VEINTE POR HORA! Este niño era un superhéroe. No hay duda.

¿Por qué el padre no le dijo nada de mentir de esa manera mientras que a mí me hizo cara de ¬¬ por ser honesto?

Rosita, otra niña del "curso" dijo: Juanito, eso es una hipocresía.

En ese momento entendí verdaderamente lo que era la hipocresía: una bolsa con medio kilo de arroz.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Torpeza + anticomercial

Decir que soy torpe no es algo nuevo o algo de lo que me sienta orgulloso. Si muero por causa accidental seguro será por mi torpeza. Explico:

Cuando camino por las calles siempre ando baboseando para todos lados. No lo sé, aún no entiendo por qué lo hago, pero voy volteando hacia donde sea: al cielo como niño autista, a los edificos, a los anuncios, menos a donde debo ver: hacia el piso. Es por eso que en repetidas ocasiones me tropiezo, me caigo, meto la pata en un hoyo, le piso la cola a un perro, pateo a un teporochito que duerme en la calle, me cruzo los semáforos cuando están en rojo para mí, le pateo el pie a quien vaya caminando adelante y hasta le saco el zapato e infinidad de cosas que puedan imaginar. Desde gracias hasta desgracias.
Ahora, por otro lado; sabiendo que soy bien torpe, no sé por qué uso Converses, so-bre-to-do-cuan-do-llue-ve. Son los peores zapatos que uno puede usar cuando se es torpe. Los converses no son todo terreno como muchos han dicho, son unos zapatos que a la menor provocación se escapan del piso y te hacen pasar los más grandes osos y/o graciosas y dolorosas caídas.

(Bueno, me imagino que ya quieren saber qué pasó. ¿no? )

Bueno. Ayer por al noche cuando pasaba por una calle muy transitada que necesitaba atravesar; decidí subir por el puente porque qué tal que me atropellaban. Entonces eso hice. Subí el puente con toda naturalidad y sin ningún problema. El problema fue a la hora de bajar porque había llovido, yo traía converses, spy torpe y los escalones del puente eran metálicos. Paréntesis (Nunca caminen sobre superficies metálicas mojadas con estos zapatos) ¿Y qué creen que pasó?
Pues sí, me caí como 8 escalones y medio. Apenas y alcancé a meter las manos, si no, hubiera bajado todo el puente cayendo de una manera muy estúpida: resbalándome. Juro, ¡lo juro! que sentí que caería como en las telenovelas: rodando, y al final me quedaría ahí tirado a la deriva. Pero no, hasta para eso soy torpe. No caí con estilo.
Me levanté y me dolía todo. Estaba todo sucio del pantalón y suéter. Y clásico: volteé hacia todos lados a ver si alguien me había visto para que si así fuera, aplicar la risita aunque me estuviera doliendo hasta el alma; por suerte no. Pues ya. Hoy que me despierto me siento como un anciano de 143 años, apenas y puedo caminar bien (con andadera).
Uno de estos días me voy a matar yo solo me cae.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Más notitas.

(1) Me volvieron a trollear el blog porque dicen que soy bien egocéntrico sólo por mi post anterior. Estos anónimos de hoy que no aguantan vara. No sé por qué la gente se persigna porque yo salga con posts mamones si en ningún momento he dicho que no lo sea. Además eso ni es ser mamón. Deberían leer a él o a él o a él. Ellos sí son mamones. Y chingones.

(2) Ya se me hizo costumbre ir al DF cada quince días. Esta vez fui a una comida en casa de madreselvas. Volví a ver a Borchácalas, Seudónima y a Plaqueta. Y conocí a la Defeña Salerosa, al rufián melancólico, a Selva H., a Aniuxa, a Mario Flores, a Gonzalópolis, y a Lilián y Jordy que tantas ganas tenía de conocer; y demás gente (sin twitter, jiji). Me la pasé muy bien compartiendo la charla, el vino, el pan y el queso con pura celebridá. Además después conocí los tacos Chupacabras, que según muy famosos en los Defes, y la chocolatería y churrería "El Moro", en donde Lilián pidió un chocolate español, que son como 10 barras de Carlos V derretido. Una bomba diabética.

Acá una foto del recuerdo, a la salidita de casa de madreselvas:


(De derecha a izquierda y de arriba abajo: El rufián melancólico, borchácalas, plaqueta, yo, defeña salerosa, Jordy y Lilián. Juro que estaba más sobrio de lo que parezco).

(3) Deberíamos de irnos todos a vivir al DF. Así nos queda más cerca Jalisco. Jiji.

(4) Exijo un trabajo freelance. Repito: ¿dónde se buscan esos?

(5) La cadenita esa que dije que haría, por la que me gané el odio del anónimo mutante, deberá esperar. Los mantendré informados.

Update:

(6) Me comí -casi yo solo- todo el queso de madreselvas. Jojo.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Hablando de estupideces.

Tal vez algunos recuerden que durante la época de muertos yo rogaba en Twitter que alguien se dignara a aventarme -por lo menos- un pan duro de muertos y compartirlo con el chocolate de Oaxaca que yo tengo en mi casa. Me negué, en un principio a comprar porque esperaba que alguna alma caritativa me lo donara, y como eso no sucedía, decidí comprar. Esperé que alguien me recomendara un panadería en Puebla donde fuera delicioso (Pero cuando me enteré que ahí al pan de muerto le llaman hojaldra, se me desantojó, pero esa es otra historia) y tampoco lo logre. Bueno sí después, pero ya no era lo mismo.

Creí entonces que este sería el primer año en toda mi vida en que no comería pan de muerto, lo cual ya estaba un poco bien, porque he comido como cerdo en estos últimos días.

Los dias pasaron ya con mucha tranquilidad como lo han notado. Mi berrinche en Twitter acabó tal vez el 4 de noviembre con una resignación total. Hoy que llego al DF a casa de mi tía, lo primero que me dice, después de que me dio de comer fue: "Mira mi'jo, traje pan de muerto que hornearon tus tías". Por un momento creí que serían fósiles de pan de muerto, pues ya pasaron muchos días de eso ¿no? ¿a cuánto estamos? Pero el pensamiento fue interrumpido por mi tía que me dijo: "Es de hace tres días. Lo prepararon tus tías especialmente para que nos trajéramos y para que te diéramos a ti y a tu primo, porque el pan de acá no sabe igual. Orita en la noche te preparo chocolate". En ese momento me sentí la persona más feliz del mundo.

Cómo era posible que algo tan simple como el pan de muerto me causara tanta alegría...

[Señor lector, usted se deberá estar preguntando que cuál es la relación del título del post con este texto y con este tuit. Yo también me lo pregunto. Así que vamos al grano]

Mi tía me dijo que pusiera un mantel en mesa. El nuevo. El que acababan de comprar. El que es color blanco resplandeciente.

Recibo mi taza de chocolate. Veo el pan, estoy tan emocionado, comeré pan de muerto. Babeo. Babeo más. No puedo esperar a probar el pan de muerto horneado por mis tías. Chopear el pan en el chocolate y disfrutarlo. Es un sueño... Estiro mi mano, y soy tan estúpidamente imbécil que tiro TODA la taza de chocolate sobre el mantel nuevo. Una taza de chocolate como de 734 ml. -ok, exagero- Todo el chocolate sobre el mantel que no sé dónde compraron, pero que aún tenía en la envoltura la ficha del precio, y que no voy a mencionar porque me siento estúpido de llenar de chocolate un mantel tan caro. Nuevo.

No logro entender cómo me puedo cargar tanta estupidez y torpeza.

Ahí voy de nuevo: ¡Dios! ¿Por qué me hiciste tan pendejo?, ¿Quién compra manteles tan caros?, ¿Por qué me haces hacer estos osos? ¿Por quéeeee?

Soy un imbécil.




Ubicación fail.

Mi sentido de la orientación siempre ha sido muy bueno. A mi familia le gusta tenerme de guía de turistas cuando vamos de vacaciones porque saben que con echarle una mirada al mapa y hacer una lista de lugares que me parecen interesantes, sabré cómo llegar. Siempre es así.

A muchos les aterra ir al DF porque creen que sus miles de calles son laberintos que los perderán por siempre jamás. Yo, nunca me he perdido en el DF. Desde la primera vez que fui siempre me he sabido ubicar bien.

Me burlo de aquellas personas incapacitadas mapísticamente para hallarse en el espacio y tiempo.

Corte a:

Hoy me perdí de la forma más estúpida que puede haber. En un pueblito fresa al que sólo había ido una vez, hace dos meses; que sólo tiene: como 7 calles, unas cuantas casas, una universidad fresa, un starbucks, un McDonald's, un Burger King y más negocios de ese tipo.

¿Quién es tan imbécil para perderse en un pueblo tan pequeño?

[Se escucha que todos los lectores gritan al unísono: ¡Pues tú gezeta!]

Pues sí. Me escupo a mí mismo y a mi superdesarrollado sentido de la orientación. ¡Dios! ¿Por qué me das Google Street Viewer sabiendo que sólo lo usaré para stalkear y no para los fines para los que fue creado? ¿Por qué me dejas que me duerma en los camiones? ¿Por qué no me despiertas a tiempo? ¿Por qué pones en mi camino a gente tan estúpida que no sabe lo que le pregunto y aún así me contestan?(¿No odian a esa gente que te dice: "Ps mire joven, camine dos cuadras. Dé vuelta a la derecha y camine media cuadra más y ya llegó", cuando no es cierto?) ¿Por qué no me recuerdas que hay que cargar el celular cuando hay que salir de casa? ¿Por quéeeee?

Soy un imbécil.

Declaro la guerra en contra de mi peor enemigo que es: Cholula. Pinche pueblito fresa.


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PD: Una disculpa pública a Gus por dejarlo plantadísimo (de nuevo). Ya me ha de odiar, no es la primera vez.